Odio el fútbol.

Quizás lo odie porque de pequeño jugué muchos años y era una completa patata hervida en el campo.

Lo odiaba tanto que las noches en las que al día siguiente había partido padecía de sonambulismo.

Cuando crecí y tuve la suficiente valentía como para no sacrificar otro año de mi vida solo porque mis amigos jugaban, finalizó mi NO prometedora carrera como futbolista.

Hoy en día me veo reflejado en mi sobrino. Él también es un paquete jugando a fútbol, solo que más inteligente que yo, porque ha optado por invertir su tiempo en aprender a tocar el piano y otros hobbies que le gustan.

El caso es que no hace mucho que los dos hemos encontrado un juego en el cual destacamos y esperamos que algún día sea considerado deporte olímpico.

Fue en una sobremesa de domingo, mientras el resto de la familia discutía qué película querían ver (al final pongan la que pongan acaban todos durmiendo) cuando mi sobrino y yo, que no somos de siesta, nos fuimos a la terraza a que nos diera el sol.

Y allí estaba. Una caja de plástico, que antes albergaba chuches, y que ahora su función era almacenar pinzas de la ropa.

Los dos nos miramos y lo vimos claro.

Pusimos las pinzas en una mesa, a modo de dispensador, pusimos la caja en el suelo alejada y empezamos a lanzar pinzas con el objetivo de meterlas dentro.

Al cabo de un rato y una insolación vimos que se nos daba realmente bien. Dos patatas hervidas habían encontrado su camino: el lanzamiento de pinzas.

Con mis cursos pasa algo parecido, no intento seguir un patrón establecido y siempre procuro compartir ejemplos que muchas veces parecen chufla pero que ayudan a comprender mejor los conceptos complejos.

PD: SiliCodeValley es el patrocinador oficial del torneo.

David Perálvarez